Respuesta al artículo “Quem não consegue ser casto que não se meta a padre!”, 27.10.2016
A Sr. Norberto de Oliveira Manso,
Me refiero a su blog “Quem não consegue ser casto que não se meta a padre!” (27.10.2016). No trato aquí la cuestión de la comprension de la sexualidad reducida a meros actos sexuales, que las ciencias sobre la sexualidad han superado desde hace tiempo. La afirmación de ser sexual no debe reducirse solo a los actos sexuales, sino que debe abarcar toda la identidad y conciencia sexual, lo que no sucede en la Iglesia. Este es el delito moral que yo denuncio. La denuncia no tiene nada que ver con mi reciente decisión de vivir una sana vida de amor en pareja, que es posible en sacerdotes católicos de rito oriental. He tomado esta decision una vez he comprendido que la disciplina del celibato es inconsistente y no respeta ni la identidad ni los derechos relativos a la orientación sexual.
Aquí solo quiero referirme a la comparación que ha expuesto usted en su texto. Su comparación con los coches en una autopista es interesante, pero no pertinente. El ejemplo de respeto de las reglas de velocidad es claro. Lo que yo denuncio es el delito derivado del establecimiento de reglas diferentes para un Ferrari y un Renault. Uno de los dos “coches” (el de los gais) está castigado en su dignidad por la ley de la Iglesia. No tiene derecho a existir, al menos de manera pública, como ente sujeto a las normas de tráfico comunes para todos (para seguir utilizando el lenguaje de su ejemplo).
La Iglesia ha sancionado como ley la prohibición a personas homosexuales de ser sacerdotes, independientemente de si tienen o no relaciones sexuales. Lo hace en base de una pseudo-ciencia y una pseudo-psicología que establece que ningún gay es capaz de ser maduro sexual y afectivamente. He aquí el corazón homofóbico de esta ley de prohibición al sacerdocio católico.
Por esta razón, el ejemplo que usted usa no puede aplicarse a mi persona. Yo he observado las leyes de la “velocidad”. En el momento en que he descubierto que la Iglesia, con sus normas, no respeta ni observa mi dignidad como gay célibe, he entendido que sus disciplinas no me obligan, por inhumanas e injustas.
Le ofrezco otra comparación a modo de ejemplo: una Constitución obliga todos los ciudadanos del país, pero si esa Constitución no respeta los derechos humanos universales, los ciudadanos tienen el derecho moral de no obedecerla, de luchar contra ella con la desobediencia social. Pienso que esta comparación expresa mejor la analogía con la situación de la desobediencia eclesial, que es el deber moral de todo gay creyente ante la ofensa de su identidad y dignidad personal por parte de la Iglesia.
En la Iglesia hay leyes injustas (dictadas por personas humanas) que no respetan ni el saber humano ni los derechos humanos, contra las cuales los católicos tienen la obligación moral de actuar. Yo he actuado en este sentido con mi salida del armario, contra una institución que persigue de forma paranoica a las minorías sexuales, a las cuales debería servir. He actuado así para mostrar a mi Iglesia que soy capaz de enamorarme, que no es cierta su posición de que las personas homosexuales no son capaces de amar. Consideré que la mejor protesta era mostrar a esta institución que está equivocada, y que necesita una conversión y una reforma de sus leyes para respetar derechos humanos fundamentales.
Obrigado por su atención,
Krzysztof Charamsa